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Europa: la amenaza fantasma
29 may. 2014

Yo también soy euroescéptico. Mi último resto de esperanza en la epopeya comunitaria -y digo esperanza en ausencia de fe- se vaporizó cuando los poderes visibles e invisibles de la Unión, sin refrendo social alguno y sin que ello les inquietase lo más mínimo, emprendieron un programa de crecimiento compulsivo hacia el Este dejando para otro día la resolución de sus propias inconsistencias estructurales. Por supuesto, los fundamentos de esta hipertrofia europeista son inescrutables, y sus resultados prácticos no tienen un pase.

Más Europa, en la jerga de los grupos oficialistas, significa menos Estado; esto es, cesión de soberanía y pérdida progresiva de competencias y atribuciones para gestionar los asuntos domésticos. Significa, al margen de florituras programáticas, mayor distancia entre los órganos de decisión y los ciudadanos; más burocracia, más impuestos, más nepotismo, más opacidad y, a la postre, más indefensión.

La UE y los valores democráticos esenciales -la representatividad genuina en primer término- se desconocen mútuamente. Buena prueba de ello es el €uro, impuesto sin transparencia ni debate alguno que lo hiciese comprensible ante los contribuyentes, y cuyas consecuencias se revelan desastrosas por doquier. Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca repudian la divisa única, en tanto que Noruega permanece al margen de la Eurocosa ... ¿Quiénes son los raritos en este diseño paranormal?

Desde Bruselas hacen y deshacen a sabiendas de que el votante medio ignora prácticamente todo y comprende casi nada [de eso se trata!]. Entre ellos convienen el reparto de Comisarías como quien intercambia cromos; acuerdan, por sus pistolas, la admisión de nuevos países miembros; sepultan un proyecto de Constitución Europea y marginan los plebiscitos, pues son fuente de sorpresas indeseables ... Si la UE se condujese como Suiza, por ejemplo, a la hora de tomar decisiones que afectan severamente a los administrados, hoy estaríamos hablando de otra cosa.

Intuyo, por no ir más lejos, que a alguien le va de perlas al rebufo de esta idea -Más Europa!-, que a muchos europeitos se nos antoja hiperbólica, antidemocrática, oscura, injusta y peligrosa en última instancia. Ahora, visto lo visto el pasado día 25, los abstencionistas, de una parte, y aquellos otros que han votado candidaturas de nuevo cuño están enviando a los adalides del oficialismo un mensaje que no puede -no debe- ser ninguneado: esta Europa no nos gusta.

En realidad, la sociedad continúa siendo dócil. Su catársis, en líneas generales, no va más allá de lo inquietante de la crisis que nos apremia desde 2007, y pocos individuos han interiorizado seriamente las causas profundas de la misma. Lo que tal vez ha cambiado, sin embargo, es que el discurso oficial, salpicado de ineficiencia, corrupción e impunidad, ya no convence a nadie; que somos víctimas, conscientes al fin, de un desastre inducido por los bucaneros del sistema financiero con la pasividad cómplice de las élites dirigentes; que, aunque todos somos iguales ante la Ley, sobre el papel, en los aledaños del poder los imputados no suelen pisar la cárcel -o la pisan poquito-, pues nuestra Justicia depende de pactos escandalosamente opacos entre el Gobierno y las fuerzas opositoras de turno ... Y para colmo de infortunios, sigue habiendo más de diez mil aforados en España (qué vergüenza, coño!)

Las últimas listas de PP y PSOE incorporaban candidatos de reconocida mediocridad gestora -dejémoslo ahí-, a los que se asegura ahora una jubilación gozosa. Tal es el caso de José Blanco, ex Ministro socialista de Fomento, que ni su propia idioma domina, o de Ramón Luis Valcárcel, ex Presidente de la Comunidad Autónoma murciana, a quien Mariano Rajoy está retribuyendo -desde mis gafas- por una larga trayectoria de lealtad a la causa -pepera, of course!-. Así nos luce el pelo.

Este esbozo minimalista del cachondeo estructural que continúa instalado en nuestro país le ha costado cinco millones de votos a las dos grandes agrupaciones políticas de siempre, y ha alumbrado nuevas voces díscolas cuyo mensaje parece haber calado con sorprendente efectividad. Está por ver si la agonía aparente del modelo bipartidista se consolida en los comicios autonómicos y municipales del próximo año ... No obstante, las sociedades domesticadas -léase "occidentales"- son permeables a nuevos estímulos -mensajes- que sepan apelar a la esperanza con astucia.

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