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El Kremlin insinúa sus colmillos en el vecindario [y II]
8 nov. 2005
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Hace alrededor de dos meses cesaron, sin advertencia formal previa, las autorizaciones del Servicio de Aduanas de Rusia para importar bebidas alcohólicas procedentes de Moldavia. Oficialmente, se trataba de un simple problema burocrático, motivado por el proceso de reformas que los rusos implementaban como paso previo a la entrada en vigor de un nuevo sistema de tasas, a partir de enero próximo. Algo de eso había, sin duda. No obstante, sólo las exportaciones moldavas de vino y [marginalmente] cognac se resintieron hasta casi la parálisis absoluta.

Pocos días atrás han comenzado a normalizarse –con cuentagotas, eso sí- las transacciones de esta naturaleza entre ambos países. No obstante, la sombra de la depresión planea sobre Kishinev [la capital moldava] y amenaza con someter a un nuevo calvario a toda la nación, económicamente muy basada en la agricultura y, particularmente, en la producción y transformación vitivinícola, cuyo mercado natural e irreemplazable, hoy por hoy -quizá por siempre-, es el de la Federación Rusa.

Para que nos hagamos una idea más precisa de lo que significa en este contexto el término irreemplazable, baste decir que el 80% del vino Made in Moldova es comercializado directamente en Rusia; lo que representa un 47% del volumen total [físico] de las importaciones de este país, o, si lo preferimos, un 39% en términos de coste. Y todo ello sin perder de vista que Moldavia es una diminuta República ex soviética, apenas un 15% más extensa que Galicia, cuyo Producto Interior Bruto en 2004 ascendió a 31.992 millones de Lei [2.133 millones de €uros ó 2.539 millones de dólares] y cuyo presupuesto de Defensa apenas alcanza los 9,5 millones de dólares.

Aun así, quizá envalentonado por el brillo aparente de las revoluciones cítricas –formalmente naranjas-, Vladímir Voronin, el más rusófilo de los dirigentes postsoviéticos hasta hace poco más de dos años, inició un giro político difícilmente traducible en clave de praxis, alterando drásticamente el rumbo de la nación al retomar utópicos planteamientos europeistas de aquellas mismas facciones que él y su Partido combatieron devotamente durante los diez primeros años de la transición.

Y digo planteamientos utópicos porque si la integración de Ucrania en la UE está hoy poco menos que descartada –a expensas de que se explicite claramente-, la de Moldova se me antoja cabalmente inviable por varias razones poco discutibles empíricamente [con independencia de si pesan o no lo que les corresponde en el momento en que, hipotéticamente, Bruselas haga una declaración al respecto]:

1. Existe un consenso no escrito acerca de los límites expansionistas de la Unión Europea, que debe culminar en la frontera oriental de Rumanía. Más allá, simplemente, no lo permitirá el Kremlin [pero es que la ampliación ni siquiera se justifica plenamente desde una optica geoestratégica].

2. Moldavia no aportaría nada tangible a la superestructura comunitaria –y me duele sinceramente expresarlo así-. Únicamente el record de renta per capita mas reducida del continente y un tejido económico sólo excedentario en números rojos y en sobrecapacidad agrícola; o sea, lo más inconveniente para los socios del Club Occidental [España y Francia de manera destacada]. Sería, pués, un receptor neto de ayudas y subsidios; un nuevo lastre presupuestario para sumar al de las Repúblicas Bálticas, por ejemplo [cuyo acceso a la UE jamás ha sido explicado con la claridad que merece; aunque resultan perfectamente identificables las motivaciones de fondo].

3. Por último –y en paralelo con la hipotética adhesión de Ucrania y Turquía-, tras el fracaso de la Constitución Europea y otros acontecimientos posteriores, incluido el propio fiasco de las revoluciones cítricas, es más que verosímil pensar que la integración de Moldavia en el proyecto tiene tintes de fantasía pura y dura [por supuesto, sólo el Gobierno de Kishinev habla del asunto]. Lo que ahora tenemos es una Europa desangelada y heterogénea, que casi ha liquidado para los restos la auténtica meta comunitaria de constituir un ente compacto y poderoso, gracias a la barbaridad de dar entrada a diez nuevos socios sin causa alguna y -más grave- sin haber solventado antes los problemas estructurales del grupo de los quince.




Lo que ha hecho Moscú, tensionando el marco sólo levemente con este amago de crisis vinícola, es recordar [impúdicamente] a los líderes moldavos que no hay suficientes oriundos en el país, ni son lo bastante pudientes como para beberse todo lo que producen las viñas de esa hermosa tierra; que sólo Rusia tiene la tradición, el mercado y la disposición para dar salida a los caldos de Moldavia, y, por último, que no es cierto eso de que más allá de pobres no podemos ir, pues siempre cabe la opción de ahondar un poco más en la pobreza.

Todo ello deriva, obviamente, del rumbo alterado que muestran los dirigentes en Kishinev, considerados desleales en Moscú [sin paliativos], lo que, entre otras cosas, aleja hasta casi pulverizarla cualquier hipotética solución al gran contencioso de la autoproclamada República del Transdniester.

Este apartado, ineludible si de veras pretendes aproximarte a la complejísima realidad de la pequeña República ex soviética, ha sido abordado recientemente desde mis gafasof course-, y muestra ribetes tan peculiares e interesantes, que me atrevo a sugerirte una lectura del mismo si no lo has hecho antes, o si no estás familiarizado-a con la transición de las sociedades postsoviéticas [haz click aquí para acceder directamente, si lo deseas].

Sea como fuere, Voronin y Putin habían alcanzado un acuerdo en base al articulado del bautizado como Plan Kozac –también explicado en ese mismo apartado al que acabo de hacer mención-, hasta que el Presidente moldavo, sorpresivamente, se desmarcó del consenso sólo unas horas antes de que Vladímir Putin volase hacia la capital moldava para rubricar los pactos, que marcarían el comienzo de un proceso reunificador por el único cauce pacífico posible.

El Kremlin lleva varios meses anunciando a propios y extraños que los tiempos en que el trasfondo moral de la etapa histórica común autorizaba cierta extraña especie de crédito a los antiguos hermanos para observar actitudes de desplante, al tiempo que continuaban recibiendo un trato privilegiado desde Rusia, habían pasado a ser históricos; como la mismísima fraternidad en el seno de la extinta Unión Soviética. El final de la gran ONG está cantado; aunque algunos continuaban obrando como si no lo creyesen.

Lo del vino, insisto, tiene todo el aspecto de un simple, aunque cruel, toque de atención; un globo sonda destinado a provocar y observar la reacción de Voronin, y a socavar su imagen pública poniendo de relieve que él y sólo él ha crispado la situación hasta un extremo que todavía puede enconarse más.

Entre tanto, esa UE, antes villana y ahora venerada por los dirigentes del Partido mayoritario en el Parlamento de Kishinev, ni compra vinos moldavos, ni sustituye la función rusa en ninguna otra parcela comercial. Ni lo hará.

Y entre tanto, de no mediar un cambio de posiciones relevante y a cortísimo plazo, el Kremlin se prepara para reactivar la guerra del vino, ampliándola a otros ámbitos de la relación bilateral, que supondrían la puntilla, a efectos prácticos, para la economía moldava: me refiero a la intención abiertamente explicitada las autoridades rusas de aplicar precios europeos a sus exportaciones de gas natural y petróleo hacia Moldavia y otros países de la CEI a partir de enero.

Conocidas las grandes cifras de la economía moldava, a las que se añade el pequeño detalle de una deuda acumulada superior a los 500 millones de dólares por adquisiciones de gas, te invito a hacer la siguiente inapelable reflexión: si a razón de 70 dólares por cada 1.000 metros cúbicos de gas los números rojos de Kishinev ostentan un record semejante, ¿cómo imaginas la película de los hechos cuando las nuevas facturas multipliquen por más del doble el coste de referencia?

Ignoro qué gana el país en su navegar a la deriva hacia mares occidentales que no están por la labor de franquearle la entrada en puerto. El mismo Voronin jamás ha explicado qué sucedió en las 24 horas previas a la firma del célebre Plan Kozac: la primera ocasión desde la independencia -y la secesión formal del Transdniester- en que las partes en conflicto estaban listas para zanjar un problema de enormes proporciones, que ha castrado a todos los niveles la evolución de Moldavia como nación en el seno de las naciones libres.

Ignoro qué ganan Voronin y quienes le secundan. No obstante, creo entrever lo que aguarda a ése mi país de adopción, excedentario en recursos agrícolas que no puede vender y dramáticamente dependiente de unos recursos energéticos sin los que el pueblo pasará mucho frío, mientras el vino se hace vinagre y la industria entra en colapso por falta de combustible.
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© foto de cabecera: Коммерсантъ

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8 Comentarios:
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  • Publicado el martes, 08 noviembre, 2005. Blogger Cenicienta escribió…

    Sólo puedo decir..
    ¡¡con lo rico que está el vino!!

     
  • Publicado el martes, 08 noviembre, 2005. Anonymous Anónimo escribió…

    Y te puedo asegurar que el vino moldavo es riquisimo!!!
    Con el golpe a la industria vinicola del pais los rusos castigan no solo a su "hermano" rebelde sino a sus buisnessmen tambien porque la mayor parte del mercado vinicolo pertenece a los rusos.

     
  • Publicado el martes, 08 noviembre, 2005. Anonymous Anónimo escribió…

    El toque de atencion de Rusia se refiere no solo a Moldova sino a las demas republicas "revolucionarias", solo que con los demas es mas problematico jugar estos juegos en cambio Moldova es la variante optima para mostrar quien es el dueno de la casa. Eso es PATETICO!!!

     
  • Publicado el martes, 08 noviembre, 2005. Blogger César escribió…

    Cierto que los vinos moldavos son excelentes [los conozco muy bien], Anónimo visitante. Y cierto que la mayor parte de las industrias solventes que operan en Moldavia -no sólo las dedicadas a la producción vinícola- son de capital ruso; de modo que cualquier boicot comercial promovido por Rusia penaliza a los inversores de este país.

    Sin embargo, tratándose de un gesto político calculado, no descartaría que hubiesen sido pactados de tapadillo ciertos mecanismos compensatorios [al más puro estilo USA].

    Los rusos que gestionan las industrias agrícolas en Moldavia podrán capear el temporal con la ayuda del Kremlin. La cuestión estriba en si Voronin será capaz de sostener el próximo envite -éste apenas ha supuesto un estornudo- y evitar una tensión social que podría desestabilizar la nación entera.

    Si tu principal socio comercial, con quien estás empeñado hasta las cejas, decide cortarte los suministros vitales para tu economía diaria, vetar tus exportaciones y ejecutar tus pagarés, y, además, tu deuda externa íntegra supera el valor del PIB, ¿cuánto más esperas sobrevivir al frente de la quiebra?

    En cuanto a tu segunda tesis, yo diría que patética es casi toda la actuación política exterior de los grandes actores de la escena internacional. Los rusos no son, a este respecto, peores ni mejores que norteamericanos, franceses, ingleses o chinos.

    Discrepo de pleno en eso del toque de atención a todas las ex Repúblicas Soviéticas. Moscú sólo piensa repartir collejas entre moldavos, georgianos, ucranianos y nuestros nuevos socios Bálticos. Y no es el temor lo que decidirá la magnitud de sus actos, sino la conveniencia y el mejor servicio a los intereses rusos.

    Ojo Bonito, malo será que no podamos brindar algún día con un buen tinto de Crícova.

     
  • Publicado el martes, 08 noviembre, 2005. Blogger Cenicienta escribió…

    Tu lo has dicho, será malo, malo

     
  • Publicado el martes, 08 noviembre, 2005. Anonymous Nurgle escribió…

    Yo que quieras que te diga, fueron los ingleses quienes dijeron que su pais no tenia aliados solo intereses, lo que es estupido es estar subencinando a paises que a la postre estan esperando que des la espalda para dar la puñalada, la epoca de las "amistades eternas" ya ha pasado, y lo que cuenta es la cuenta de resultados, si Georgia quiere estar con los EEUU, esta en su derecho, ahora debera tener en cuenta que la mitad de su PIB tiene como origen los inmigrantes ilegales que trabajan en Rusia, y como tal Rusia tambien esta en su derecho de intentar cortar este flujo de divisas, pues algo parecido pasa en Moldavia.

     
  • Publicado el miércoles, 09 noviembre, 2005. Blogger César escribió…

    Desde luego, Nurgle, la etapa de la Gran ONG rusa está tan finiquitada como la mismísima Comunidad de Estados Independientes.

    Por otra parte, las revoluciones cítricas -¿o era naranjas?- han quedado más que en evidencia tras lo visto en Ucrania y en Georgia, pues sirven a poderes foráneos -a buen entendedor, pocas palabras bastan-, que han sido sus mentores y banqueros.

    De ahí que no hayamos visto ni un simple amago en las recentísmimas elecciones de Azerbaiján: demasiado petróleo y gas bajo el el trono de Aliev Jr. como para permitir que la democracia ponga en riesgo el negocio de las Corporaciones Occidentales que ya explotan los yacimientos de ese país en el Caspio ... Una broma pesada.

    Georgia es un desastre consolidado; desgobernado por unas estructuras de poder congénitamente débiles y corruptas, cuya pervivencia depende de lo bien que custodien el gasoducto multinacional que atraviesa su territorio. Y poco más.

    Mikhail Saakhasvili, su Presidente, representa la versión caucásica de nuestro ZP [dejando al margen los lazos cuasiumbilicales que le vinculan con Washington, sin cuyo respaldo duraría lo que un caramelo a la puerta de una guardería infantil]. Es inmaduro, vehemente y, visto lo visto, más rusófobo que georgiano. Un perfecto bocazas, para resumir.

    Ucrania muestra otra tonalidad -más consistente-, si bien las expectativas que acompañaron a Víktor Yuschenko hasta el poder ya casi son Historia [en un plazo record].

    Por fortuna, Yuschenko no es ZP -perdón, Saakhasvili-, de modo que las aguas regresarán paulatinamente a su cauce natural [así lo entiendo yo].

    Lo de Moldavia es mucho más preocupante. En el fondo, por si sola, carece de valor para unos y otros. Y por alguna extraña razón, que se me escapa, Voronin persiste en menospreciar el riesgo de encontrarse un buen día con que el país que gobierna ha sido definitivamente marginado por Rusia, mientras la secesionista República del Transdniester se transforma, de facto, en un segundo Kaliningrado.

    Si tal cosa sucediese -y no es imposible en las actuales circunstancias-, la errática Moldavia postsoviética añadiría a su ya muy devaluada posición en todos los órdenes la condición de paria oficial del continente. Un destino inquietante a todas luces [por supuesto, ésta es sólo mi particular visión del problema].

     
  • Publicado el miércoles, 09 noviembre, 2005. Blogger LUIS AMÉZAGA escribió…

    Ya está tardando esa botellita de Crícova para probarla, antes de que se pierda o se la beban otros.

     
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