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El Kremlin insinúa sus colmillos [en el vecindario y más allá]
7 nov. 2005
La guerra del vino en Moldavia
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Las dependencias económicas de Moldavia –en plural- obedecen en primera instancia a la ausencia de recursos energéticos. Sin embargo, esta variable debe ser considerada en su justa dimensión, sin sobreestimarla, con el fin de no falsear la perspectiva, pues no pocas debilidades actuales son herencia del largo proceso de especialización heredado del período socialista como parte de ese plan de rusificación al que ya hemos referido en ocasiones anteriores anteriores.

La puesta en práctica del esquema comunista de la división del trabajo -a partir de 1944- supuso para Moldavia el acantonamiemto de sus capacidades productivas dentro del sector agrícola. Y aunque la pequeña República no representaba más que el 0,2% del territorio de la URSS, aseguraba nada menos que el 2,3% de la producción agrícola conjunta, situándose a la cabeza de los suministradores de vino [30%] y tabaco [40%]. Una hazaña sin paliativos debida esencialmente a la gran riqueza del suelo, que se cuenta entre los más fértiles del mundo, y a la tradicional eficiencia de los planes soviéticos de colectivización, basados en estructuras tan peculiares y pesadas como baratas -los célebres kolkhozes y sovkhozes*. Todavía hoy la mitad de la población vive y trabaja en el campo, y buena parte de ella compensa la falta de rentas monetarias reales gracias al autoabastecimiento de productos básicos y al trueque.

La especialización así concebida y practicada durante casi cinco décadas hizo a la economía moldava totalmente dependiente de las exportaciones, pues el mercado interno era demasiado reducido para absorber toda la producción. Baste citar que a finales de la década de los setenta se comercializaba en otras regiones de la Unión Soviética el 70% de la cosecha de vino, el 92% de las conservas vegetales y el 70% del azúcar de remolacha. Se trataba, a primera vista, de una situación envidiable.

Entre tanto, la prensa [oficial] soviética de los setenta advertía regularmente acerca de que el espartano idealismo socialista estaba siendo corrompido por el consumismo. Un artículo de Economía Planificada –la Biblia de los tecnócratas kremlinianos- se quejaba en 1.975 de que “la excesiva orientación hacia la satisfacción de la demanda del consumidor, especialmente cuando no viene acompañada de la instrucción ideológica necesaria, plantea el peligro de extender enfermedades sociales, tales como el individualismo, el egoísmo y la avaricia”.

No obstante, nadie debió meditar seriamente sobre las consecuencias previsibles del nuevo orden de cosas cuando comenzó a hablarse de Independencia en el seno del Soviet moldavo, después de 1.986 –esto es, con la llegada al poder de Mikhaíl Gorbachev. Nadie pareció pensar, tampoco, en la previsible aplicación de precios reales por la adquisición de energía, petróleo o gas, y no se consideró suficientemente la pérdida de mercados garantizados para la distribución de una producción excedentaria que tropezaría con la tozuda evidencia de una demanda interna de índole opuesta. La clase política emergente en Kishinev –como en tantas otras Repúblicas de la Unión- quería poder de verdad; un Estado soberano sobre el que gobernar a toda costa.

Las consecuencias fueron dramáticas y sus efectos persisten: el cierre del ejercicio de 1.992 –sólo dieciseis meses después de la tan ansiada independencia- se saldó con un incremento negativo del PIB del 30%. A finales de 1994, alrededor de dos terceras partes de la industria nacional se hallaba en paro técnico.

Y no terminó ahí la cosa: cuando el castillo de naipes que Boris Eltsin había edificado en Rusia –con la inestimable ayuda del FMI y otros grandes de la farándula financiera internacional- se desplomó finalmente en agosto de 1998, esta misma falta de diversificación de la producción moldava interna, sumada a la inexperiencia, ineptitud y voracidad de los dirigentes políticos, preñados de reformismo de pasarela y vacíos de ideas, propagó con más virulencia los efectos de la gran crisis rusa, que no hizo sino precipitar un desastre que el mismo desequilibrio estructural de las finanzas públicas y la inexistencia de auténticas reformas de fondo habrían desatado en cualquier caso.

Hasta aquí los antecedentes genéricos; condensados de una manera que debería resultar razonablemente válida para situarnos en el contexto [
continúa en el siguiente post].
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* Un kolkhoz -колхоз- era una granja colectiva, que a veces servía como centro de adoctrinamiento para las mentes más insumisas. Un sovkhoz –совхоз-, en cambio, era una empresa agrícola estatal. En ambos casos, se trataba de la interpretación soviética de cómo debían organizarse la producción y distribución de productos agroganaderos en el seno de la Unión. Todo ello se concretó en una colectivización sistemática, iniciada en 1.929 y prácticamente completada nueve años más tarde, si bien conoció diversas etapas reformistas que hicieron prevalecer, poco a poco, el segundo de los modelos, especialmente en la década de los cincuenta. Con ello se garantizaba el abastecimiento del mercado interior y se ponían [serias] trabas a la creciente pretensión individual de emigrar y asentarse en las grandes ciudades [a pesar de lo cual 21 millones de ciudadanos abandonaron el campo entre 1959 y 1970].
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La Otra Guerra ... la de verdad
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La idea de estos otros colmillos de tenebroso aspecto será objeto de un post en otra ocasión -muy pronto-, pues llevo varios días ajeno casi por completo a mis obligaciones bloggeras, debido a razones profesionales y a un pequeño calvario técnico al que me está sometiendo mi última adqusición informática, originalmente prevista para simplificarme la existencia ...
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En todo caso, mi idea pasaba por exponer algunos ejemplos de cómo el Kremlin está retomando aquel célebre precepto de la guerra fría, cuyo resumen bien podría presentarse así: la mayor garantía -no absoluta, claro- de que nadie iniciará una guerra nuclear estriba en que nadie se halle en condiciones de hacerlo sin arriesgarse a una respuesta de idénticas proporciones [como poco].
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Quede, pues, la imagen de ese cohete -un Topol de última generación, recientemente lanzado en una ronda de esnsayos-, como testigo de mi deuda.
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