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Armenia: la que pudo haber sido mi casa y no fue
17/7/2005
Armenia_escudo
espléndido escudo de armas de Armenia

El pez grande se come al chico, y los asuntos de la [literalmente] gran Rusia eclipsan demasiado a menudo el protagonismo que cabe a cada una de sus otrora naciones hermanas, nativas o adoptivas, hijas de la misma gran madre soviética.
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Desde la minimalista Moldavia viajé en su día a la aún más diminuta Armenia como integrante de una misión empresarial que debía establecer contacto con diversos estamentos y personas clave del Gobierno, a fin de evaluar la pertinencia de participar en un proyecto privatizador de carácter estratégico, cuya génesis y posterior evolución estuvieron teñidas de enormes complicaciones estructurales y políticas [si lo deseas, descarga aquí una presentación en Flash].
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La delegación hispano-moldava regresó a Kishinev transcurridos los dos primeros días de sesiones y tras haber dejado claro cuál sería nuestro talante en el futuro inmediato. Yo permanecí en el país por un corto espacio de tiempo adicional. Extraoficialmente, seguros de representar la mejor opción para los armenios y de que el proyecto era nuestro -a falta de presentar la correspondiente oferta económica-, ya habíamos convenido que mi destino inmediato sería Ereván, la capital armenia. Parecía adecuado, pues, que prolongase mi estancia y preparase algunas acciones preliminares indispensables, desde la lógica de ganar tiempo para facilitar un desembarco que intuíamos inminente.
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Debía identificar un buen local de oficinas en zona neutral, fuera de la sede central de las Empresas que íbamos a adquirir, con la idea de obstaculizar el espionaje y otras maniobras inherentes a la etapa de arranque en todos los rincones de la ex URSS. También me ocupé de seleccionar un buen despacho de Abogados -de los que pudiésemos fiarnos-, bien conectados con el Gobierno y expertos en asuntos internacionales.
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Busqué -sin llegar a firmar contrato alguno todavía- una céntrica residencia para mis huesos. Y, sobre todo, me dediqué a empaparme de país; a captar algunas esencias no evidentes para los extranjeros, mezclándome con la gente -ministros y camareras-, indagando acerca de la composición política del Parlamento y de la composición interna de algunas delicias gastronómicas, y recorriendo el territorio en automóvil -en medio de un calor espantoso-, desde el límite norte, lindando con Georgia, hasta la frontera con Irán, en el extremo sur.
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De regreso en Kishinev, elaboré un informe bastante amplio -del que tomaré ahora prestados algunos fragmentos-, estableciendo las analogías y las diferencias entre el lugar en que ya teníamos una inversión estable y aquel otro que parecía nuestro siguiente movimiento expansionista natural.
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Mejor o peor, todo aquí y en tantos otros rincones de este blog es de primera mano.



Qué tienen en común Armenia y Moldavia?

ArmeniaNo hay una única respuesta. Tampoco simple: mucho y poco. Es cuestión de perspectiva a la hora de enfocar nuestro análisis.

Desde el punto de vista cultural –en sentido muy amplio- existe un común denominador, llamado Unión Soviética, presente en la organización administrativa y funcional de ambos países, así como en la psicología de sus habitantes. Ambos son, por añadidura, dos Repúblicas nominalmente parlamentarias, de extensión muy contenida (de hecho, si descontamos la superficie del Trandniester, en Moldavia, resultan prácticamente idénticas) y sin salida al mar o landlocked, en la habitual terminología anglosajona.


Cáucaso
La polémica región del Cáucaso Central, al Sur de
la Federación Rusa, entre el Mar Negro y el Caspio
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Sus poblaciones son tan reducidas -en valores absolutos- como sus respectivos territorios, pero los dos Estados se hallan densamente poblados –más de 100 habitantes/Km2- y los dos padecen los efectos de una fuerte emigración; mayor en el caso armenio (aunque por circunstancias diferentes[1] y de raíz más profunda, sumadas a aquellas otras que se relacionan directamente con las estrecheces que éstos y casi todos los países de la ex URSS comenzaron a padecer después de 1991).

DramEn el orden económico, el peso de la agricultura se deja notar fuertemente en ambas realidades. Sin embargo, las diferencias han ido acrecentándose durante los últimos años dentro de este capítulo fundamental
[2]. Lo realmente llamativo es que Armenia partía de una situación claramente peor que Moldavia en el momento de la Independencia de ambos países, y que soportó un terremoto implacable, una guerra cruenta y larga, un bloqueo comercial por el Este y el Oeste, la crisis rusa del 98 y el asesinato de su Primer Ministro y del Presidente del Parlamento en octubre de 1999. Y todo ello presentando unas cuentas públicas más que dignas, superando -con evidentes riesgos- el problema de la generación de energía[3], y sin endeudarse hasta límites tan peligrosos como los conocidos en Moldova [la imagen superior muestra una pieza en plata de 5 Drams, acuñada para conmemorar el 5º aniversario de la moneda nacional].

Así, mientras los dirigentes de Kishinev empeoraban todos los ratios del país, ejercicio tras ejercicio, los números dicen a las claras que sus homólogos transcaucásicos hicieron bastante mejor los deberes, logrando sostener un crecimiento del PIB que, en promedio, es del 5% anual (incluso tras la crisis del 98 y otros eventos acontecidos en suelo armenio). Una proeza si tenemos en cuenta el precedente de los años anteriores –guerra con Azerbaiján incluída- y si echamos una ojeada atenta a las economías de sus vecinos. Como quiera que sea, las cuentas revelan que fueron casi los únicos dentro de la CEI capaces de mantener la constante alcista hasta 2003 al menos.

En otro orden de cosas, ambas son naciones cristianas; si bien los armenios no están sometidos a la disciplina de la Iglesia de Moscú, sino a la de su propio Patriarcado local[4]. Por contra, etnicamente existen muy pocas similitudes entre ambas naciones. Los armenios constituyen alrededor del 95% de la población total y conviven con un 2% de rusos, a los que hemos de sumar un porcentaje indeterminado de azerís[5], kurdos, etc.
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La cuestión territorial condiciona igualmente el futuro inmediato de Armenia, con matices diferenciales, no obstante, en comparación con la disputa que tiene lugar en Moldova por la secesión del Transdniester. Así, mientras en el caso moldavo el problema es de soberanía y reunificación -que por momentos se me antoja quimérica-, aquí, en cambio, se trata de garantizar la independencia de un enclave de mayoría armenia –la autoproclamada República de Nagorno Karabakh-, que había sido desgajado del territorio armenio en los años veinte e incorporado artificial y graciosamente a Azerbaiján por Stalin.

El hecho diferencial

Este asunto del Karabakh ha sido y continúa siendo una peculiaridad armenia, pues aunque inicialmente clamó por el retorno de la región, aceptó y avaló posteriormente una secesión que le costó una guerra cruenta y un férreo bloqueo económico impuesto por Azerbaiján en 1.991, al comienzo de las hostilidades, y por Turquía, el gran aliado azerí, acto seguido (bloqueo que persiste hoy día, sin que se atisbe solución alguna en el horizonte a medio plazo
[6]).

La solución final del conflicto parece más difícil que en el caso de Moldova, pues implica a más actores y ha corrido demasiada sangre. Aquí juegan un papel relevante diversas razones históricas y psicológicas, que se imponen, al menos por ahora, a la imperiosa necesidad de desbloquear una situación que está lastrando las economías de ambos estados; especialmente del lado armenio, por causa de un bloqueo que convierte a Georgia en la vía de tránsito obligada –y muchísimo más costosa- para una gran parte de su comercio exterior[7].
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Diversos especialistas vienen sugiriendo reiteradamente que si se alcanzase un pacto estable sobre el contencioso de referencia, el bloqueo comercial desaparecería, abaratando los costes de transporte en que incurre Armenia entre un 30% y un 50%. Además, las exportaciones de toda índole podrían duplicarse, y todo ello resultaría en un impacto positivo del 30% al 38% sobre el PIB. Un cambio radical.
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R. KocharianDesafortunadamente, más allá del mejor o peor hacer de los negociadores, es preciso resaltar el hecho -constatado personalmente- de que las mismas sociedades civiles permanecen aún estancadas en posturas demasiado viscerales como consecuencia de una dilatadísima historia de resentimientos. Aún así, existen ciertos elementos esperanzadores, derivados de la presión de los mediadores internacionales, por una parte, y del propio hastío de la ciudadanía, que arrastra desde el final de la guerra las consecuencias de esta secular cerrazón[8] [Robert Kocharian -en la imagen-, el carismático Presidente de la República de Armenia].

Más aún, las importaciones armenias de hidrocarburos se encarecen por el hecho de no poder adquirirlos directamente en Azerbaiján, y sus exportaciones potenciales de energía eléctrica hacia el siempre demandante mercado turco se esfuman por causa del bloqueo antes mencionado y por los efectos de ese otro contencioso, aún más hondo si cabe, que ha dado en llamarse
El Genocidio Armenio[9]
a manos de los turcos, en los años de la primera conflagración mundial [descargar monografía al respecto en formato PDF] .

Como es lógico, el clima de tensión inherente a una situación tal ha repercutido muy negativamente en el desarrollo económico de Armenia y Azerbaiján, fomentando la emigración y limitando drásticamente el flujo de capitales extranjeros y las ayudas financieras internacionales, de las que todo el área transcaucásica se encuentra tan necesitada.
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A modo de epílogo, el caminar de los próximos años para Armenia –y otros muchos países postsoviéticos- significa recuperar el nivel de riqueza que poseían antes del colapso de la URSS. Moldavia -que nos ha servido de referente puntual a lo largo de este post- lo tiene más difícil. Sin embargo, unas cifras del Comité Interestatal de Estadística de la CEI resumían con gráfica crudeza -en 1999- los lastres que ha de compensar Armenia:
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[1] Un devastador terremoto, a finales de 1988, se cobró 25.000 vidas humanas en el norte del país, dejó sin hogar a otras 100.000 y causó daños enormes en las infraestructuras armenias, que contribuyeron a varios años de desastre económico e incentivaron una gran emigración hacia la capital y hacia otros estados de la CEI, Europa y América. La ciudad de Spitak quedó prácticamente destruída y Leninakán –hoy Gyumri- sufrió cuantiosos daños en el 50% de su superficie. Los restos de semejante devastación son perfectamente visibles aún hoy, como puede comprobar en persona.
[2] En 1.995 la agricultura armenia constituía el 38,7% del PIB. En el 2.000 sólo un 22%; apenas cinco décimas más que la cuota industrial. En Moldova, en cambio, está 7 puntos por encima de la Industria, cuando en 1.995 tal diferencia era de 4,3 puntos.
[3] En diciembre de 1.995 el Gobierno armenio, apremiado por una deuda energética creciente, ordenó la reapertura de la Central Nuclear de Medzamor, que permanecía fuera de servicio desde el gran terremoto de 1988 [en realidad, sólo se repuso el reactor nº 2, con una potencia de 440 Megawatios]. Fue ésta una decisión muy polémica, por cuanto había de por medio serias cuestiones de seguirdad. En cualquier caso, la generación interna en Armenia ha crecido alrededor de un 40% desde aquel instante, cesando así los problemas de suministro eléctrico.
[4] Catedral de Echimiadzín, que significa “aquí bajó el Unigénito”. Es la sede del Patriarcado de la Iglesia Armenia y se encuentra situada a 12 kilómetros de Ereván, la capital de la República.
[5] La minoría azerí se cifraba en el 3% de la población en 1.989, pero emigró casi en su totalidad a consecuencia de la guerra del Nagorno Karabakh por temor a unas represalias que sin duda se habrían producido.
[6]escritura Existen razones históricas y de identidad cultural que respaldan la tradicional alianza entre turcos y azerís. De hecho, el idioma azerí no es sino una variedad dialectal del turco, en tanto que el armenio es una lengua indoeuropea, realmente compleja para los occidentales, que tiene cierto parentesco con el griego y el persa.
[7] El mapa muestra claramente las fronteras de Armenia, que, aislada física y políticamente en el centro de la Transcaucasia, tiene muy pocas opciones para comerciar con el mundo exterior, y casi todas ellas pasan –nunca mejor dicho- por la vecina Georgia.
[8] Una encuesta de opinión llevada a cabo en Armenia, Azerbaiján y Nagorno-Karabakh por la organización Baku & Yerevan Press Club, entre el enero del año 2.001 y febrero del 2.002, pone de relieve algunos datos alentadores:


[9] A partir de 1.915 dió comienzo una gran masacre de armenios que habitaban en la parte de esta nación que había sido incorporada al Imperio Otomano. No existen cifras irrefutables –y temo que la pasión excede amenudo al rigor de las pruebas-, pero se admite en numerosos foros que 1.500.000 personas o más murieron a manos de los turcos a lo largo de casi cinco años, en virtud de lo que ha llegado a calificarse como un plan sistemático de limpieza étnica.

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3 Comentarios:
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  • Publicado el lunes, 18 julio, 2005. Blogger Una hija de puta con clase escribió…

    Qué interesante...

     
  • Publicado el martes, 19 julio, 2005. Anonymous Anónimo escribió…

    Me gustaria añadir a esta completisima informacion algo; espero que sea del agraddo de mas de uno.
    Pese a que el pueblo Armenio fue masacrado durante diglos por turcos y rusos y sufrieron un el primer Genocidio del siglo XX, su semilla continuara germinando en la oscuridad en generaciones futuras.
    La fusion de las grandes culturas, como la creco-romana y persa, hacen que Armenia sea un pais rico y de grandes contrastes, heredados por sus influencias dignas de admiracion.
    Segun la leyenda, el Arca de Noé fue a parar a esta tierra, fundando la ciudad de Yereván.Tambien cuenta que despues de la destruccion de la Torre de Babel, un nieto de Noé, hijo de Torgan, escapando de la opresion del Rey de Babilonia, se instalo con su tribu en el valle de Ararat.
    Un pueblo, como tantos, que merece dignidad e historia. Cruz

     
  • Publicado el miércoles, 20 julio, 2005. Anonymous Andrés Paz escribió…

    Extraordinario artículo, César. Un gran retrato de situación. Lo he disfrutado.

     
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