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1 mar. 2005
Un antiguo Coronel del Ejército Soviético se manifiesta contra la reforma social de Putin
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Diversos sectores de la prensa, sobre todo en Occidente, parecen insistir en la idea de que las recientes protestas sociales acontecidas en la Federación Rusa, como previsible contestación cívica a la reforma del viejo sistema de subsidios de la etapa socialista, presagian una versión local de la revolución naranja ucraniana, o del proceso que la precedió en Georgia y puso punto final al mandato de Eduard Shevarnadze [queda por ver si el remedio, léase Saakashvili, no habrá sido peor que la enfermedad].

La verdad es que a la luz de los acontecimientos uno ya no sabe si cierto sector de esa prensa sufre de incontinencia editorial, amparándose en que la ignorancia de sus lectores –en general- es aún mayor que la propia, o si, por el contrario, se trata de actitudes deliberadas y/o convenientemente engrasadas por aquellos individuos y sectores políticos, dentro y fuera de Rusia, que pretenden caldear la atmósfera e ir creando un clima favorable al buen fin de oscuros intereses nunca explicitados.

Y me atrevo a decir esto porque no existe en el país hoy nada remotamente parecido a un clima preelectoral, y tampoco, duela a quien duela, nada parecido a una oposición influyente. Quizá porque, en el fondo, no hay tanto a lo que oponerse objetivamente. Así, las facciones que rivalizan con el inquilino del Kremlin encuentran usualmente ardua la tarea de trasladar sus argumentos a la ciudadanía.

autoridad verticalNo obstante, para que lo dicho no se resuma a un puro juntar palabras, vaya por delante un hecho de lo más contrastable: los índices de popularidad personal de los líderes de la Oposición rusa no rebasan, en ningún caso, el 10%. Este dato –contundente, diría yo- fue facilitado por el Director General del Centro Nacional de Sondeos de Opinión, Valery Fiodorov, y casi toda la prensa rusa se hizo eco inmediatamente [un servidor lo tomó de
Novie Izvestya -Новые Известия
- el pasado 28 de enero].

Un reputado analista, Yuri Filippov, comentaba semanas atrás que son precisamente los grupos opositores los que van de mal en peor. Desde los Liberales hasta la Izquierda nacionalista, se han visto poco a poco fuera de juego y –señala Filippov- “al margen del acontecer político ruso a raíz del triunfo que la facción presidencialista obtuvo en los comicios parlamentarios de diciembre de 2003”, ampliamente revalidado en mayo de 2004, tras la inapelable victoria de Vladímir Putin en las presidenciales [NOTA.- El texto en Ruso de la imagen que ves a tu izquierda debe traducirse como autoridad vertical].

De modo que –continúa diciendo Filippov- los problemas derivados de la actual reforma social son para ellos un argumento excelente cara a recuperar peso político”.
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Peter Levell, comentarista de United Press, especializado en asuntos de Rusia, dice textualmente en una reciente entrevista concedida al diario Izvestya [no confundir con el anterior]:los medios de comunicación occidentales no dejan de machacar que en Rusia existe un régimen autoritario, gobernado por un déspota. Es una evidente exageración basada en falsos razonamientos”.

Uno de estos razonamientos, ampliamente difundido por la prensa europea y norteamericana –quizá también generosamente financiado-, se deriva de “la ofensiva lanzada desde el Kremlin contra los oligarcas y los negocios en general”, que en tiempos del Zar Boris Eltsin mangoneaban descarada e impunemente a las instituciones legistalivas, administrativas y judiciales del Estado.


Khodorkovsky

Pero calificar de preso de conciencia al recluido ex Presidente de Yukos, Mikhaíl Khodorkovsky –expresa Levell- es una profanación. Si Putin no hubiese cercenado las ambiciones económicas de Khodorkovsky, sucede que habría perdido la posibilidad de gobernar Rusia”.

Y concluye la entrevista con una sentencia que expresa muy certeramente –desde mis gafas- lo que las verdades representan según la actitud del observador: “Putin no es un demócrata en el sentido occidental de esta palabra. Lisa y llanamente, él intenta llevar adelante las reformas”.

Después de todo, la verdad es situacional.

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2 Comentarios:
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  • Publicado el miércoles, 02 marzo, 2005. Blogger Topgun escribió…

    César, tu más o menos, dices: "Putin no es una joya pero Boris Eltsin era muchísimo peor" y tienes toda la razón, pero eso no quita para que la prensa lo critique por no ser una "joya". De todas formas yo si he apreciado que en España las críticas a Putin han subido de tono cuando éste se ha acercado a Bush, indiferentemente de lo bien o mal de las cosas que hiciera o dejara de hacer en Rusia.

     
  • Publicado el miércoles, 02 marzo, 2005. Blogger César escribió…

    Partiendo de la base de que joyas, lo que se dice joyas, sólo en joyerías -jeje-, yo jamás osaría presentar los perfiles a Vladímir Putin y Boris Eltsin en términos de a ver cuál de los dos es menos malo.

    De entrada, Topgun, quisiera dejar claro que no ser un demócrata, en el sentido occidental del término, no me parece pecado en el contexto postsoviético. Seré más preciso todavía: no existe tal cosa al Este de la frontera germana; es decir, el talante y el buen rollito [© ZP] no figuran entre las prioridades de los indivíduos en el espacio de la ex URSS, porque los sistemas que pretenden ser precozmente plurales sólo consiguen generar corrupción y desgobierno. El planeta está lleno de ejemplos que desaconsejan comer pan duro cuando no se tienen dientes.

    Hecha esta precisión, un detalle más y concluyo: Boris Stolíchnaya Eltsin ha sido un cancer para la Federación Rusa y un caramelito para Empresas y dirigentes políticos occidentales. Sólo su deshonetidad superaba a su incompetencia. Era soberbio, desmedido, ambicioso ... y débil [todo ello aderezado con ingentes cantidades de vodka].

    Putin es justamente su antítesis: riguroso, honesto, trabajador ... y fuerte [además de abstemio]. Ha devuelto a los rusos el orgullo que su nefasto predecesor casi les había arrebatado por completo [aunque sé que esto resulta muy intangible para el europeo o el norteamericano de a pié].

    Glosar ambas figuras en paralelo es un sacrilegio; casi tanto como comparar a Cindy Crawford con Quasimodo.

     
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