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Vladímir Putin: ese niño malo (III)
30 ene. 2005
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En su último informe anual, El Instituto Freedom House –USA, of course- clasifica a Rusia como país no libre por vez primera desde la desaparición de la URSS [supongo que los desmanes de la década zarista debieron parecerles simples e inocentes expresiones de júbilo democrático].
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Por supuesto, los periódicos encuentran habitualmente noticiable el bla-bla-bla de estos grupúsculos, cuya independencia es más cuestionable que las apariciones de la Virgen en Lourdes y Fátima, y que parecen animados por algún designio sobrenatural para auditar la legitimidad de otros entornos, basándose en una presunta superioridad moral tan dudosa como la misma independencia de la que hacen gala.

Claro que siempre existirá un Ministerio de donde arañar subvenciones; o quizá un loby con vocación de mecenazgo –un Instituto
George Soros, por ejemplo-, y nunca faltarán recursos mediáticos para esparcir el mensaje, haciéndose eco de verdades sin contrastar [sucede a diario: lo que cuenta, en la práctica, es la noticia].
Un reciente artículo del
Boston Globe -diciembre 30- arremetía de manera inmisericorde contra el líder ruso a la luz “de su creciente autoritarismo, de su desdén frente al imperio de la Ley y frente a la independencia de la sociedad civil, y por su brutal actuación contra los chechenos”.

The Economist, más recientemente aún, decía que “es hora de ver a Putin como rival y no como amigo” –¿por qué no, claro?-, y The Wall Street Journal
, a su vez, se refería al personaje el pasado 23 de diciembre como "ese hombre que de forma metódica ha dado marcha atrás a muchas reformas democráticas de los 90”, sin mencionar –por descontado- de qué reformas se trata ni cuáles eran los presuntos beneficios prácticos que las mismas reportaban a la población [quién va a hacerse semejantes preguntas! -habrán pensado].

Y de análogo tenor vienen siendo las más de las alusiones mediáticas al régimen gobernante en la Federación Rusa; lo que no deja de ser curioso, considerando que cualquier paralelismo entre la nación de los demócratas Gorbachev & Eltsin y la que hoy preside y exhibe Vladímir Putin supone un insulto a la inteligencia en toda regla.

A lo largo de los tres últimos meses hemos reflejado en este espacio los resultados de varios sondeos de opinión acerca de la popularidad de Putin y del soporte que los ciudadanos dispensan a ese matiz reaccionario que el Occidente civilizado atribuye a cada uno de sus gestos.

En el mismo período, pierdo la cuenta de las decenas de informaciones análogas, publicadas en la prensa europea, relativas a Bush, Blair, Schröder o Chirac, cuyos respectivos ratios de aceptación popular son dramáticamente inferiores a los de su homólogo ruso. Pero de éste, nada de nada. ¿Será acaso que con datos objetivos en la mano resulta difícil satanizarle? ¿Cómo interpretar este particular desempeño de quienes dicen trabajar para informarnos?
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Que cada uno decida en conciencia cuál es la respuesta pertinente. Por mi parte, voy a anticipar un elemento básico, que desmenuzaremos en el próximo capítulo de esta serie:

Occidente necesita mercados globales y liberalizados para evitar el estancamiento de la máquina económica. Con semejante base, sus Empresas tienen todas las de ganar operando sobre sistemas inmaduros, que aún no han completado sus respectivos procesos de transición. Y suele ocurrir que los dirigentes de estas sociedades emergentes se aplican con más decisión a producir reformas en el marco –cuya asimilación resulta infinitamente más lenta de cuanto les habían soplado insistentemente al oído- y a obtener el ansiado pedigree democrático, que a satisfacer las necesidades reales de la ciudadanía.

Los préstamos estructurales, que fácil e inevitablemente contraen con los organismos acreedores internacionales –FMI, Banco Mundial, etc-, suelen estar vinculados a la obligatoriedad de abrir sus débiles mercados internos a la entrada de capitales foráneos, de los que sin duda pueden aprender mientras intentan eludir una colonización masiva en el proceso –lo que no siempre resulta factible.

Una tópica composición satírica del líder ruso
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Sin embargo, la doctrina liberal occidental tropieza frontalmente con la rusa, que persigue consolidar un modelo intervencionista pragmático y efectivo; una especie de figura ecléctica, a caballo entre la original y exitosa variante china y la clásica sistemática occidental.

La Federación Rusa es un país inmenso –tres veces la extensión de EE.UU-, culto y rico en recursos materiales de toda índole [más que muchos Estados de la UE]. Al igual que China, debe esforzarse en hallar vías de acoplamiento con las restantes economías mundiales. Sin embargo, no necesita renunciar a su personalidad adhiriéndose a esquemas de conducta forasteros, que probablemente diluirían su potencialidad y su legítimo deseo de protagonismo en un contexto en el que todos quieren mandar.

De modo que, antes de abrir sus puertas a la competencia pura y dura, ha de completar todo un mapa de reformas interiores -que no van precisamente en la dirección propuesta por Bruselas o Washington- para dotar a su tejido empresarial de la robustez inherente a quien contempla el futuro con vocación de liderazgo antes que de simple comparsa [ahí entra en juego el intervencionismo al que aludíamos].

Una Rusia regenerada por esta vía restará protagonismo y reducirá el mercado potencial estadounidense, al tiempo que relega las expectativas de la Unión Europea a un nivel bastante más discreto del que se pretende [sin mencionar el agravante de la enorme dependencia energética que padecemos los europeos].

Con el Zar Eltsin en el Kremlin no había peligro –excepto para los rusos, claro-. Ahora las cosas han cambiado; de modo que el temporal tenía que arreciar. Necesariamente.
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Veremos los detalles en la próxima y última entrega.
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CONTINÚA
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Accede desde aquí al último capítulo - IV- y a los dos anteriores: II y I

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