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Crónicas eslavas: el difícil tránsito hacia no se sabe bien dónde (II)
16 ene. 2005
La URSS y su sucesora, La CEI
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La macroeconomía es aquella herramienta de la que nos servimos para indagar acerca de la marcha de un país –en sentido desarrollista- y formular después grandes pronósticos, cuya frecuente inexactitud contrastada a posteriori es siempre justificable en función de algún principio de causalidad "a todas luces imprevisible". La discrepancia entre realidades y proyecciones encuentra así, por regla general, una explicación conveniente.
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Cumbre del Pacto de Varsovia de 1986. Mikhaíl Gorbachev en el centro de la imagen
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Cuando nos referimos al antiguo espacio soviético –y a otros espacios singulares, por supuesto- todas las cautelas son pocas a la hora de lanzarse a pronosticar las evoluciones contables en uno u otro Estado. Sin embargo, continuamos soslayando –inconscientemente- el hecho de que las economías de mercado en dicho entorno no son sino etiquetas o conceptos de recentísimo cuño, que distan mucho aún de haber sido asimilados por el antiguo mecanismo de inercias, que operará, todavía por largos años, como una constante de magnitud decreciente.

No existen los mercados en el Este europeo; no todavía, al menos, como concebimos el fenómeno en Occidente. La actividad económica en esa parte del mundo, tan distante y próxima al tiempo, transcurre en medio de un caos que cuenta con su propio cosmos, más allá de las reglas convencionalmente admitidas; una especie de Constitución no escrita, en virtud de la cual el [hoy incipiente] mercado se autoregula y adapta de acuerdo con la dinámica de los acontecimientos.

Tampoco hallaremos en dicho área sistemas tributarios ni financieros homologables con los modelos capitalistas consolidados. La presión fiscal, vista desde este otro lado, es pequeña en los nuevos Estados postsoviéticos, y la presión recaudatoria efectiva, más pequeña si cabe. Por lo mismo –y por otras razones inconfesables-, el gasto público representa apenas un compendio de buenas intenciones sobre las que ráramente habrá petición alguna de cuentas por parte de la ciudadanía.
Casi todas las nuevas Repúblicas surgidas de la extinción de la URSS nacieron a la independencia de cualquier manera –permítaseme la licencia. No había proyectos de Estado, sino de poder y reparto de éste entre las élites que lideraron la definitiva fragmentación del Imperio. No resulta extraño, pues, que una parte substancial de las ayudas –léase créditos- concedidas por diferentes organismos internacionales y algunas naciones occidentales fuesen a parar directamente a los bolsillos de individuos y grupos de presión que dibujaban el nacimiento de las nuevas oligarquías al margen de todo control.
Transcurridos ya trece años de transición, la realidad más nétamente capitalista imperante en el nuevo entorno es la asfixiante deuda externa, presuntamente adquirida para dinamizar la evolución de estas recientes naciones libres y que, en la práctica, supone una pesada hipoteca sobre su desarrollo potencial, a cuyo pago algunos Estados de la CEI destinan
-o sacrifican- el 90% de los recursos que asegurarían una protección social digna o, cuanto menos, no tan cláramente inferior a la disponible con anterioridad a 1991.

Pocos elementos del modelo occidental –dentro de este cuestionable reducto al que eufemísticamente nos referimos como “el mundo libre”- están hoy presentes en Rusia, Moldavia, Armenia, Ucrania o cualesquiera otros Estados miembros de la CEI. Con incipientes excepciones en la Federación Rusa, no hay para esas gentes planes de pensiones, ni préstamos hipotecarios, ni leasing o factoring, ni activos financieros en renta fija o variable, ni retribuciones [regladas] en especie Ni siquiera existen las pagas extraordinarias, o de beneficios, ni el derecho a la huelga con una regulación efectiva remotamente similar a la rige en esta otra parte del mapa (por no hablar de los Sindicatos, cuyo modelo práctico es una caricatura light del que inspira a sus homólogos occidentales).

De modo que todo cuanto pueden hacer hoy los Gobiernos mejor intencionados es lessez faire, mientras adoptan –muy despacio- políticas correctoras que pocas veces merecen el apelativo de medidas ma-croeconómicas, dado el insufrible espectáculo de rectificaciones y contra-medidas que frecuentemente las acompañan y suceden.

En cierto [nada desdeñable] sentido, el sistema postsoviético es como un gran círculo vicioso cuya resolución se nos antoja inaprehensible por momentos. ¿Cómo afianzar la solvencia de países sobre los que se ejerce una espantosa y generalizada corrupción, en medio de toda suerte de complicidades entre el poder y la misma sociedad civil? ¿Y cómo liquidar dicha lacra cuando las rentas nominales de los ciudadanos no alcanzan los 1.000 dólares anuales en algunos Estados?

La erradicación o, al menos, disminución progresiva de esta enfermedad funcional marcará el comienzo de un rumbo diferente para las nuevas Repúblicas postsoviéticas, escribiendo, por fin, los primeros renglones de una recién estrenada credibilidad de sus respectivos proyectos nacionales ante la ciudadanía, que hoy se debate entre el sacrificio, la desesperanza y la emigración. No obstante, hará falta tiempo -más de una generación, posiblemente- y pulso firme para transformar progresivamente el tejido social. Esta no es una simple cuestión legal. En realidad, nada resulta simple en el espacio postsoviético.

la transición al capitalismo es para muchos un mero eufemismo que oculta la gran depresión en que se desenvuelve la vida de una gran parte de la ex URSS. El triunfalismo que sobrevino a la caída del Muro de Berlín condujo a esta parte de Europa a la implantación de políticas económicas irreflexivas y extremas, sin atender a sus consecuencias previsibles.

Algunas recetas occidentales tuvieron no poca influencia en la puesta en práctica de tales medidas, que catapultaron la inflación de países como Armenia o Georgia por encima del 4.000% en 1.994 y que degeneraron finalmente en el crack económico y financiero ruso del 98, cuyas secuelas continúan activas, seis años después, entre las nuevas naciones de su entorno geográfico (ya hemos aludido a este extremo hasta la saciedad aquí).
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La experiencia de la transición económica, especialmente en los países de la ex Unión Soviética, ilustra intensamente acerca de que las reformas del mercado, sin instituciones domésticas eficaces y honestas, pueden fracasar a la hora de facilitar el crecimiento y reducir la pobreza” –puede leerse en un informe del
Banco Mundial. Lo malo es que nadie se hace estas consideraciones a la hora de pactar crédito alguno con las naciones aludidas en la nota.
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3 Comentarios:
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  • Publicado el lunes, 17 enero, 2005. Anonymous Anónimo escribió…

    Curioso lo del Banco Mundial. Muy interesante todo lo que cuentas, César.

     
  • Publicado el lunes, 17 enero, 2005. Anonymous Anónimo escribió…

    Lo que he leído parece un resúmen de los últimos 15 años de historia económica argentina. ¿Coincidencia? Hay mucho que preguntarles al Banco Mundial y a esos otros tantos organismos internacionales sobre las historias de nuestros "subdesarrollados" países... no?
    Qué bueno volver a leerte después de algunos días!
    Cariños, tu anónima lectora argentina.

     
  • Publicado el lunes, 17 enero, 2005. Blogger César escribió…

    Vaya! Qué bueno que vuelvo a leerte despues de tantos días, "anónima" lectora argentina!! Espero que los aires salinos de la playa te ayuden a olvidar, siquiera sea por lo que duren tus vacaciones, al Banco Mundial, al FMI y a todo lo no memorable en época de descanso (insisto: lo NO memorable).

     
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