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Crónicas eslavas: el difícil tránsito hacia no se sabe bien dónde
14 ene. 2005
Antiguo poster soviético que idealizaba la doctrina de la unidad de los pueblos
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Resta aún un largo camino por andar a unas sociedades que, en el cambio a mejor, han resultado [parcialmente] estafadas y que deben conjugar en paralelo la estructuración de nuevas conciencias nacionales con la introducción de esquemas capitalistas de gestión, mientras son víctimas del juego de intereses de sus propias oligarquías y de otros intereses, no menos desestabilizadores, derivados del reposicionamiento de los grandes actores de la geopolítica contemporánea (Rusia, EE.UU, OTAN y Unión Europea, esencialmente).

La corrupción en los países del Este, por ejemplo, no puede contemplarse con esa visión occidental unilateral, típica y tópica, que hace del fenómeno un pecado de los individuos, cuando -en puridad- forma parte de un entramado muy complejo que tiende, más allá de la depredación de los grupos oligárquicos, a compensar un sinfín de calamidades y carencias que socavan la existencia cotidiana de los nuevos ciudadanos libres, a los que el apellido víctimas haría ciertamente más justicia.

No se trata de exculpar nada ni a nadie aquí y ahora, sino de rescatar lo que se difumina tras una apariencia formal. Al clamar desde Occidente para que se ponga fin a la edición pirata de CDs en Ucrania y Rusia, argumentando los daños económicos que tales actos implican para compañías discográficas y autores, olvidamos el hecho irrefutable de que nadie en Kiev o Kishinev –por ejemplo- conocería a Julio Iglesias o Plácido Domingo si para hacerse con un único disco tuviese que invertir el 20% ó más de su ingreso mensual.

Por supuesto, los Gobiernos carecen de legitimidad para aplicar algo más que medidas cosméticas sobre prácticas empresariales tan poco ortodoxas como las que acabamos de comentar y que representan una forma más -una más- de corrupción; al igual que los sobresueldos de médicos, profesores universitarios y policías, que multiplican sus ingresos pluriempleándose de manera opaca o aplicando tasas no reguladas a fin de reunir el mínimo retributivo que les distancie del umbral de pobreza, bajo cuyo infortunado paraguas cabe gran parte de la sociedad civil postsoviética.

La visión occidental no trasciende habitualmente su desenfoque de partida, pues basándonos en la falsa [y perversa] conciencia de nuestra superioridad cultural -en un sentido sociológico-evolutivo, valga la expresión-, falseamos la perspectiva al enjuiciar los hechos sirviéndonos de un patrón de pensamiento carente de utilidad, por inflexible y cuasimediático, que confunde el entendimiento con la adquisición de los datos.

Moldavia, por ejemplo, es uno de los países más pobres de Europa -con los baremos oficiales sobre la mesa. No obstante, esta etiqueta no debe inducirnos a construir imágenes mentales precipitadas, porque la cultura y la muy contrastable capacidad de sacrificio de sus habitantes separan drásticamente la [deprimida] condición de los mismos de equella otra que caracteriza, por ejemplo, a las naciones pobres de América Latina, donde la percepción de miseria y agresividad ambiental es nétamente superior. Así, por encima de cuanto parecen anunciar los informes oficiales, no hay modo de trazar un paralelismo realista entre las escenas cotidianas que el observador contempla paseándose por las calles de Kishinev y de México DF.

Hoz & MartilloLos moldavos se empobrecieron casi un 70% en términos de PIB durante los nueve años siguientes al final de la URSS. En cambio, sobrevivieron a semejante colapso y a las tensiones derivadas del mismo sin rozar siquiera el caos o la anarquía –lo que resultaría impensable en el continente americano. Y análogo retrato corresponde a la evolución de Ucrania, Armenia o de la propia Rusia. De ahí mi admiración por estas gentes y mi resistencia intelectual a juzgar su heterodoxia desde la ética convencional, salpicada de actitudes retóricas, que rige en nuestro occidental y muy evolucionado entorno.

La simple exposición de indicadores, gráficos y curvas de tendencia no alcanza para explicar la realidad. Del mismo modo que invocando el fatalismo de las sociedades postsoviéticas, no se comprenden ni el cómo ni el por qué de su navegar en el mar de la confusión a lo largo de trece años de transición hacia un modelo que sólo los más ingenuos u osados creen haber adivinado con certeza.

La vida de moldavos, armenios y otros ciudadanos de la antigua URSS es difícil. Y ello con el agravante de un bagaje educativo y cultural que hace a los individuos más conscientes de la senda recorrida hacia el empobrecimiento y de la relatividad de conceptos como libertad de expresión o libertad de mercado, cuya percepción -en términos de valor añadido- se corresponde con la de tantos otros activos intangibles, puesto que la Comunidad de Estados Independientes (CEI) ha de recuperar todavía el umbral de 1.990, antes del final de la Unión Soviética, para pensar después en proyectarse seriamente hacia otras metas.


Por otra parte, la simultaneidad entre democratización y economía de mercado en el mundo postsoviético evoca –valga la licencia- el movimiento oposicionista de dos placas tectónicas, del que surgirá una estructura renovada tras la inevitable convulsión provocada por la colisión de fuerzas destinadas a coexistir. Pero no resulta sencillo adaptarse desde la precipitación a un novedoso y radical orden de ideas, impuesto tras el acelerado final del protectorado y de la economía planificada. A comienzos de 1.974 dos terceras partes de las familias soviéticas tenían televisión; casi un 60% disponía de máquina de coser y lavadora, y alrededor de la mitad poseían alguna clase de nevera. Los salarios habían crecido considerablemente -la retribución media anual de un obrero escendía a 1.782 rublos. El consumo de alimento per capita se había doblado entre 1950 y 1970, en tanto que los ingresos se habían cudruplicado, la semana laboral se había acortado y la asistencia social había mejorado sensiblemente. Gran parte de todo eso se esfumó con la propia URSS. El grafico superior -perteneciente a un trabajo que completé hace ya dos años- es de lo más elocuente.
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Asimilar a partir de viejos moldes la nueva filosofía que conduce a la modernidad, supone un largo proceso no exento de traumas ni de etapas intermedias -oscuras para la mentalidad occidental-, destinadas a aligerar de incertidumbre el tránsito hacia el anhelado progreso. Por desgracia, traumas y etapas puente coinciden a menudo, como sucedió en la Rusia de Eltsin o en la misma Moldavia entre el final de la era soviética y fechas aún muy recientes (por no decir que aún).

Habrá ocasión de regresar sobre el tema.

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2 Comentarios:
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  • Publicado el viernes, 14 enero, 2005. Anonymous Anónimo escribió…

    Hacia ninguna parte o hacia la dignidad, cosa comun en muchos pueblos y culturas diferentes. Interesante documentación César. El poster es entrañable.

     
  • Publicado el viernes, 14 enero, 2005. Blogger César escribió…

    Celebro de veras que lo hayas encontrado interesante. Gracias por tus palabras.

     
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