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El Kremlin, el Cáucaso y el Asia Central ... Caliente, caliente (VI)
19 dic. 2004
Más allá de esas formas a las que aludíamos en el capítulo precedente, menudean las iniciativas estadounidenses para socavar la influencia rusa en el área de referencia, acompañadas de movimientos militares -puntuales y de alcance limitado hasta la fecha- supuestamente destinados a entrenar unidades selectas en países como Kyrgyzstán, Azerbaiján o Georgia, por ejemplo.

Valery Manilov
La actitud de Moscú ante tales maniobras es de discreta preocupación, exenta de ruido. Eso sí, mientras queda claro si hubo o habrá despliegue de misiles en Kyrgyzstán, y en tanto se inauguran nuevas bases en la región -desplazando de facto a la Casa Blanca fuera de este lado del tablero-, vienen escuchándose voces ocasionales de segundos niveles, que refrescan a propios y extraños acerca de algunas obviedades: "si Washington actúa para disponer contingentes armados permanentes, el Kremlin responderá en el contexto de una estrategia global que asegure nuestros intereses nacionales" -declaraba meses atrás el Coronel General Valery Manílov, Vicecomandante en Jefe del Estado Mayor [Pravda - 11/05/04]. Se puede decir más alto, pero no mucho más claro.

En realidad, la Casa Blanca tiene muy poco que ganar jugando a incrementar su presencia uniformada en Asia Central. No es ya que los rusos estén en condiciones de replicar con facilidad –incluso con cierta contundencia, eventualmente-, sino que ni siquiera una potencia como EE.UU puede permitirse despliegues significativos mientras mantiene abiertos dos grandes frentes, en Irak y Afganistán [por no hablar de las paranoias siria, iraní o coreana].

Si los estrategas de la línea dura del
Pentágono lograsen imponerse a la lógica de lo posibilista, entraríamos en una escalada francamente peligrosa e imprevisible, impregnada con aromas de la Guerra Fría. No me siento cómodo ejerciendo de futurólogo; sin embargo, me atreveré a enunciar algunas conjeturas razonables en relación a la hipotética respuesta de la Federación Rusa frente a una evolución perversa de los acontecimientos:
Asistiríamos, de entrada, a un refuerzo de la cooperación entre Moscú y Teherán, a fin de potenciar el efecto pinza de su ya existente alianza de facto sobre los intereses norteamericanos en el Cáucaso y el Caspio.

El Kremlin atizaría el secesionismo en Abkhazia y Osetia del Sur, dentro de la República de Georgia, llegando a movilizar a las tropas acantonadas allí, tras reforzarlas convenientemente, so pretexto de combatir a la guerrilla chechena el área del
Pankisi Gorge -sin descartar otro tipo de intervención ante cualquier gesto heróico del siempre vehemente Mikhaíl Saakashvili.

Hamid KarzaiLa frontera entre Tajikistán y Afganistán se halla básicamente a cargo de unidades especiales del Ejército ruso, lo que no ha dejado de inquietar emocionalmente al estamento militar estadounidense. Continuando con el hilo de esta tesis, los líderes de la
Alianza del Norte –esos Señores de la Guerra que resultaron desplazados en el nuevo Afganistán, reconstruido a medida de su patrocinador principal- podrían convertirse en beneficiarios directos de Moscú y animarse, así, a desestabilizar a Hamid Karzai, cuya condición de Presidente electo a raíz de la reciente farsa de unos comicios prefabricados y sin alternativa -como los que están a punto de celebrarse en Irak- no oculta a nadie la naturaleza títere del personaje. Y si Karzai se tambalea, veremos cómo los proyectos de transportar petróleo y gas hacia Oriente a través del territorio afgano regresan al baúl de las quimeras para dormir por unos cuantos años más el sueño de los justos ... ¿O es que alguien continúa creyendo que la guerra de Afganistán se hizo para liberar al pueblo de la tiranía talibán y/o para mantener a Occidente a resguardo del terror islamista?

Y finalizaremos en este punto el ejercicio de política-ficción, que no por coherente y porque todavía admita otros elementos de controversia dejará de ser ficción.

El objetivo ruso de consolidar el gran
buffer estratégico que conforman las Repúblicas caucásicas y centroasiáticas pasa por asegurar unos mínimos de estabilidad en toda la región, previniendo indeseables tensiones sociales internas y promoviendo la formación de Gobiernos conservadores, bien sintonizados con sus mentores moscovitas, y capaces de tutelar procesos de transición graduales y desvinculados del western style. Es decir, estabilidad antes que democracia.

Esto último resulta básico para evitar el retorno en masa de las minorías rusas residentes en estos territorios. El kremlin necesita que su diáspora siga ejercitando el mismo papel relevante y prescriptor que ya desempeñaba en estos jóvenes Estados en tiempos de la Unión Soviética.

Y puesto que lo que beneficia a una de las partes es justamente lo que compromete la estrategia rival, la Casa Blanca apadrina una idea substancialmente diferente, que cabe sintetizar así: hacia la estabilidad por la democracia. Con ello estimula la aparición de nuevos personajes y grupos interesados en disputar el poder, a la par que bajo la romántica falacia de una rápida y dorada transformación social -de todo punto inviable-, se consigue dividir a los actores, ganando adeptos entre ellos para la causa.

Washington carece de argumentos para sentirse optimista a medio plazo en relación a las Repúblicas del Asia Central. Sus empresarios cosecharán éxitos más o menos reseñables participando, como hacen desde 1992, en los procesos privatizadores abiertos por doquier en toda la ex URSS; o bien en virtud de su más reciente partenariado con diversas Compañías rusas del sector energético
*. Mas allá de este escenario, es larga la lista de elementos en su contra [y con dicha lista iniciaremos el próximo capítulo de la serie].

* Llegados aquí, quizá encuentres clarificador el contenido de dos posts anteriores, que vienen a confirmar, una vez más, la inexistencia de posiciones inquebrantables cuando está en juego un poco de oro negro: I y II

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