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Privatización + Desadaptación = Decepción (I)
12 oct. 2004

* "Felix Sahrdian se mostró frustrado tras examinar la lista expuesta en el tablón de anuncios de una oficina de la única Compañía telefónica de Ereván. Una vez más, no figuraba entre los afortunados cuya solicitud había sido aprobada y que le habría dado acceso a uno de los bienes más preciados en Armenia: una tarjeta SIM para activar un teléfono móvil" [fragmento del artículo "Notes from Erevan: easy-cards made hard", firmado por Emil Danielyan y publicado en el boletin de Transitions On Line de 30 de septiembre].
Ahora que lo pienso, no conozco a nadie en mi país -todavía España- que no disponga de teléfono móvil. Los hay, claro, pero son una minoría tan exigua, que no consigo recordar la última vez que supe de algún no-cliente de Movistar, Vodafone u Orange. No estar en posesión de un móvil en este lado del mapa, coloquialmente hablando, es sinónimo de analfabetismo funcional.
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Los Estados postcomunistas del Este de Europa conocieron la telefonía celular de la mano de grandes operaciones de privatización emprendidas por los Ejecutivos locales; y puede decirse que el desarrollo del sistema ha sido adecuado, en términos generales, tanto desde la óptica funcional como desde el punto de vista de la rentabilidad empresarial.
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Sin embargo, muchas privatizaciones se han completado en medio de la mala fe de las partes, animadas a medias por las prisas gubernamentales en des-prenderse de activos cuyo mantenimiento desbordaba las posibilidades de la caja, y por una flagrante corrupción [también al 50%, pues delinquen igualmente quienes demandan o/y aceptan sobornos y aquellos otros que los ofrecen o/y pagan].
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A resultas de todo ello, los contratos de cesión de licencias para explotar servicios de telefonía, de generación o/y distribución de energía, de gas o de agua -por ejemplo-, contienen amenudo múltiples ambigüedades, en tanto que no reflejan, obviamente, los pactos informales -léase subterráneos- que a todos satisfacían en las cenas previas a la firma ante los fotógrafos, y que al cabo del tiempo una de las partes deja de encontrar convenientes y, de facto, vinculantes.
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De ahí en adelante, la actividad de los empresarios extranjeros comienza a sufrir toda clase de presiones y dificultades, viéndose atrapados entre la hostilidad del mismo poder con el que habían flirteado para obtener ventajas frente a otros competidores en la puja, y la de los usuarios, que usualmente tropiezan con un recibo más abultado a cambio de un servicio deficiente y que, por añadidura, ha pasado a manos privadas y extranjeras [esto continúa levantando ampollas en la ex URSS cada vez que los nuevos propietarios de bienes ancestral y culturalmente públicos defraudan las expectativas de la sociedad].
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Lo usual -en ambientes y momentos de patología funcional- es que los nuevos operadores vuelneren la obligación contractual de afrontar determinadas inversiones dentro de unos plazos tasados. Puesto que en esta clase de contratos suele ponerse más énfasis en cuantificar cifras que en pormenorizar a qué apartados concretos deben aplicarse, los financieros encuentran el terreno abonado para cicatear los dineros y crear una cortina de humo que dificulte, llegado el caso, diferenciar entre lo invertido y lo gastado.
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Además, los primeros pasos sobre el terreno no tardan en evidenciar el surrealismo del plan de negocio aprobado antes del desembarco; surrealismo que obedece a esa retórica y estúpida concepción de la propia superioridad, tan típica de Occidente, gracias a la cual se marginan mil pequeños detalles -que después resultan ser no tan pequeños-, y se subestima a unos interlocutores cuya única inferioridad tangible es la del grosor de sus billeteras [en el Este de Europa menudean los personajes corruptos en puestos clave de la Administración y de las Empresas públicas; pero tontos hay muy pocos].
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Por otra parte -admito mi cinismo-, no es infrecuente que los nuevos gestores, ráramente afanados en comprender el medio en que acaban de estrenarse, dilapiden miles de dólares en pequeñas "mordidas" de escasa o nula plusvalía real. En cambio, tras haber incurrido en esta clase de pecados veniales, enrojecen o se rasgan las vestiduras ante la tesitura de engrasar la maquinaria allí donde verdaderamente chirría el engranaje.
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A su vez, el Gobierno, que acostumbra a convertirse en el primero y principal moroso del servicio que ha privatizado, y que ya tiene buena parte de lo que pretendía tras haberse desprendido de tan pesado lastre, juega a ser populista, clama contra laa actitudes neocolonialistas del inversor extranjero, y dilata incesantemente el calendario pactado para la revisión de tarifas, consciente de que el dinero que se escapa del bolsillo de los consumidores viaja potencialmente envuelto en la papeleta electoral de alguna facción política rival, ideológicamente opuesta a la enajenación de la propiedad estal.
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El panorama inevitable es de altercado casi diario entre las partes, con sanciones o amenazas de sanción, incluso de expropiación, de un lado, y reclamaciones judiciales ante los Tribunales locales y los de Arbitraje Internacional, por la otra parte. De esta guerra de desgaste entre políticos y empresarios, viene a ser el ciudadano el más perjudicado, entre que el Gobierno no hace sus deberes, sino política, y que el empresario dedica más recursos económicos, intelectuales y funcionales a defenderse de las agresiones institucionales que a cumplir con su cometido profesional.
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Ocioso resaltar que no es ésta la situación de todas las inversiones foráneas en la CEI, y más ocioso aún que no conozco toda la casuística. Sin embargo, haber vivido en la ex URSS, trabajando en ambiente de batalla, y participado en alguna misión negociadora con algún Gobierno del entorno -no entraré en detalles, por razones obvias-, me otorga el derecho a tener opinión. Y así, entre lo directamente padecido, y lo que me llegaba y sigue llegándome al respecto de idilios tortuosos entre instancias locales de poder e inversionistas occidentales en Rusia, Ucrania, Moldavia, Armenia y Georgia, debo concluir y concluyo que un noviazgo conducido sin inteligencia ni buena fe está abocado a un matrimonio tormentoso y, eventualmente, a un divorcio traumático. La ciudadanía, como si de una desgraciada prole se tratase, sufrirá las consecuencias.
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* Logotipo de AremenTel, el singular monopolio privado de las telecomunicaciones armenias.• Accede desde aquí a la segunda parte de este análisis: Privatización + Desadaptación = Decepción (y II)

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