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La transición postsoviética: una historia de confusión (y IV)
3 oct. 2004
Escudo de la Federación Rusa
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Después de un sinfín de experimentos, amenudo cargados de dramatismo, no tiene nada de sorpendente el consenso más o menos generalizado de la sociedad civil en torno a esta corriente recentralizadora, que hace ya al menos cuatro años comenzó a insinuarse en Rusia y en aquellos otros países de la CEI que previamente habían dado muestras de una mayor pluralidad [eso excluye, en mi opinión, además de a todas las Repúblicas centroasiáticas, a Azerbaiján, Bielorrusia y Georgia –ésta última porque fue un desmadre absoluto en el período Shevardnadze, y porque está todavía por ver cómo se las ingenia su nuevo y proamericano Presidente, Mikhaíl Saakhasvili, para poner algo de orden en medio de ese despropósito funcional con apariencia de nación, donde jamás, desde el instante de la independencia, ha estado claro quién movía los hilos].

A esta nueva etapa intermedia, que algunos denomínan tercera vía oriental, y que hace acopio de argumentos gracias a la creciente presión terrorista, tampoco son del todo ajenas la mala influencia occidental -que incluye la guerra de los Balcanes y la ampliación de la UE y la OTAN hacia el Este-, y los turbios manejos de la Administración estadounidense en el Cáucaso y Asia Central, disfrazados de cruzada antiterrorista y realmente fundados en las posibles opciones sobre el gran negocio de la extracción, transporte y comercialización de petróleo y gas natural –opciones derivadas, a su vez, de la debilitada posición soberanista del Kremlin en el área, como consecuencia de la misma debilidad y falta de visión de Boris Eltsin, que en la cima de su decadencia tuvo, al menos, la claridad mental necesaria para elegir al sucesor que habría de devolver a los rusos, poco a poco, el orgullo perdido en los años de su nefasto mandato.

Image Hosted by ImageShack.us Con motivo de la liquidación del Imperio Soviético brotaron múltiples conflictos de naturaleza étnica y religiosa en diversas regiones del antiguo espacio común. “Tenemos hoy 2.000 conflictos semejantes en estado latente, y si no hacemos nada al respecto, podrían estallar en cualquier momento”. Así de contundente se mostraba Vladímir Putin hace menos de tres semanas ante un grupo de corresponsales extranjeros, añadiendo que “lo que está aconteciendo no son hechos aislados dirigidos a combatirnos, ni ataques terroristas puntuales, sino una actuación directa del terror internacional dirigida contra Rusia. Es una guerra cruel a escala total, que una y otra vez está cobrándose las vidas de ciudadanos inocentes”.

No se recata Putin en señalar el colapso del poder del Estado como causante del problema –yo no diría causante único, ni siquiera primario; pero es obvio que la degradación subyacente tras el lirismo de la perestroika, sumada a los desafueros de la etapa Eltsin, guardan estrecha relación con el acontecer presente.
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[quizá continuará]

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