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La transición postsoviética: una historia de confusión (II)
27 sept. 2004
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No trato de exculpar nada ni a nadie aquí y ahora, sino de rescatar lo que se difumina tras una apariencia formal. Resulta muy políticamente correcto cargar desde nuestros confortables y distantes emplazamientos –físicos e intelectuales- contra los pecados de las sociedades potscomunistas del Este, desconsiderando sus antecedentes históricos y mirando en otra dirección cuando alguien señala la complicidad de las empresas occidentales, o el modo irresponsable y atroz en que los países de la CEI fueron asesorados y financiados por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y conocidos otros agentes estelares, gracias a cuyos buenos oficios la situación de todos y cada uno de estos nuevos Estados es hoy mucho peor que en el momento de la irresponsable liquidación de la URSS [lo de “irresponsable” alude al método y a los plazos; no a la necesidad de poner fin al período soviético].
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Y para muestra, un botón: “La experiencia de la transición económica, especialmente en los países de la ex Unión Soviética, ilustra intensamente acerca de que las reformas del mercado, sin instituciones domésticas eficaces y honestas, pueden fracasar a la hora de facilitar el crecimiento y reducir la pobreza”. Esta conclusión, tan poco discutible, puede leerse textualmente -en Inglés, of course- en un informe sobre la lucha contra la pobreza, salido del Gabinete de Estudios del mismísimo Banco Mundial en el año 2001 ... Sin comentarios.

La visión occidental no trasciende habitualmente sus desenfoques de partida, pues basándonos en la falsa [y perversa] conciencia de nuestra superioridad cultural, falseamos la perspectiva al enjuiciar los hechos sirviéndonos de un patrón de pensamiento carente de utilidad, por inflexible y cuasimediático, que confunde el entendimiento con la adquisición de los datos.

Moldavia, por ejemplo –mi patria de adopción, en palabras de una buena amiga- es uno de los países más pobres de Europa [con los baremos oficiales sobre la mesa]. No obstante, esta etiqueta no debería inducirnos a construir imágenes mentales precipitadas, porque la cultura y la muy contrastable capacidad de sacrificio de sus habitantes separan drásticamente la [deprimida] condición de los mismos de equella otra que caracteriza a las naciones pobres de América Latina, donde la percepción de miseria y agresividad ambiental es netamente superior. Así, por encima de cuanto parecen anunciar los informes oficiales, no hay modo de trazar un paralelismo realista entre las escenas cotidianas que el observador contempla paseándose por las calles de Kishinev y de México DF.

Los moldavos se empobrecieron casi un 70% en términos de PIB durante los nueve años siguientes al final de la URSS –con la complicidad y el beneplácito de los organismos financieros internacionales, por supuesto. En cambio, sobrevivieron a semejante colapso y a las tensiones derivadas del mismo sin rozar siquiera el caos o la anarquía –lo que resultaría impensable en el continente americano. Y análogo retrato corresponde a la evolución de Ucrania, Armenia o de la propia Rusia. De ahí mi admiración por estas gentes y mi resistencia intelectual a juzgar su heterodoxia desde la ética convencional, tan salpicada de actitudes retóricas, que rige en nuestro occidental y muy evolucionado entorno.

La simple exposición de indicadores macroeconómicos y curvas de tendencia no alcanza para explicar la realidad. Del mismo modo que invocando el fatalismo de las sociedades postsoviéticas no se comprenden ni el cómo ni el por qué de su navegar en el mar de la confusión a lo largo de trece años de transición hacia un modelo que sólo los más ingenuos u osados creen haber adivinado con certeza.

Por otra parte, la simultaneidad entre democratización y economía de mercado en el mundo postsoviético evoca el movimiento oposicionista de dos placas tectónicas, del que surgirá una estructura renovada tras la inevitable convulsión provocada por la colisión de fuerzas destinadas a coexistir. Pero no resulta sencillo adaptarse desde la precipitación a un novedoso y radical orden de ideas, impuesto tras el acelerado final del protectorado y de la economía planificada.
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Asimilar a partir de viejos moldes la nueva filosofía que conduce a la modernidad, supone un largo proceso no exento de traumas ni de etapas intermedias, destinadas a aligerar de incertidumbre el tránsito hacia el anhelado progreso. Los nueve años que siguieron al nacimiento de las nuevas Repúblicas del Este, bien podrían resumirse bajo el concepto de “la era de los soft states” -término que algunos estudiosos de la CEI definen como “una peligrosa combinación de ineficiencia grotesca y egregia corrupción”, que ha comprometido la viabilidad y unidad de los Estados mismos.

Image Hosted by ImageShack.us Para la Federación Rusa, que frecuente y dolorosamente ha inspirado a sus hermanas menores, el legado que Boris Eltsin dejó a su sucesor -a quien ahora censura impúdicamente- se traduce en todo un catálogo de disfunciones sociales, cuyas las secuelas tardarán en ser asimiladas:
  • en 1.991 nacieron 1,7 millones de niños y murieron 1,6 millones de individuos
  • en 1.997 nacieron 1,2 millones de niños y murieron 2,0 millones de individuos
  • entre 1.990 y 1.997 el consumo de carne descendió un 35%; el de leche, un 41%; el de huevos, un 31%; el de patatas, en cambio, creció un 19%
  • El índice de tuberculosis pasó de 35,8 a 73,9 individuos afectados por 100.000 habitantes, mientras el de sífilis lo hacía de 13,4 a 277,3 y los desórdenes psiquiátricos, a su vez, se incrementaron desde 274,3 hasta 348,2

Obviamente, no es ya que en 1.999 –coincidiendo con el final de la etapa Eltsin- las gentes de la Federación Rusa y de la CEI en general sintiesen una fuerte nostalgia por la pérdida de la URSS, sino que las encuestas celebradas entonces revelaron que el período de Leonid Brezhnev era recordado como una edad dorada por la ciudadanía [los interesados en trabajos cuantitativos relacionados con la transición rusa al capitalismo hallarán abundantes recursos informativos AQUÍ].

Accede desde aquí, si lo deseas, al capítulo siguiente de esta serie:

La transición postsoviética: una historia de confusión (III)

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