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La transición postsoviética: una historia de confusión (I)
26 sept. 2004
He pasado unos días entretenido en la traducción -спасибо, Мариночка!!- y comprensión de un importantísimo discurso de Vladímir Putin, pronunciado el pasado día 13 de septiembre ante los miembros de su Gobierno y los líderes de las 89 regiones que definen la estructura territorial de la Federación Rusa. El documento de referencia establece –a veces veladamente- las claves de una nueva forma de hacer política desde el Kremlin; claves que podríamos intentar resumir en un solo concepto: recentralización.

Me apetece este tema, sobre el que ya se han publicado decenas de crónicas a lo largo de los últimos diez días; algunas muy superficiales, otras muy profundas, y casi todas muy críticas frente al talante de Putin -desconsiderando el apoyo mayoritario, muy mayoritario, que sigue dispensándole la sociedad rusa.

Pero antes de entrar en un análisis que tiene demasiadas implicaciones, creo imprescindible hacer un breve recorrido sobre ciertos aspectos capitales de la transición postcomunista, iniciada en diciembre del 1.991 por tres personajes –los líderes de turno en Rusia, Ucrania y Bielorusia- con más vocación que talento para entrever la catástrofe metodológica implícita en sus apresurados planteamientos.
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accesorio Mi tesis descansa en la convicción de que fueron personajes corruptos y sedientos de poder –empezando por el mismísimo Boris Eltsin- los que condujeron a la Unión Soviética hacia el abismo -aceleradamente, por si alguien se les adelantaba-, aprovechando elementos líricos residuales de aquella perestroika promovida por Mikhaíl Gorvachev pocos años atrás [un personaje en quien nunca he adivinado intenciones perversas, pero sí una gran incompetencia para comprender lo que pretendía gestionar]. Y mi tesis pretende también explicar que la traducción inmediata de esa [metodológicamente] disparatada demolición de la URSS ha sumergido en la más despiadada de las corrupciones a todos los países implicados en su desaparición, favoreciendo el desgobierno generalizado y la rapiña institucional en casi todos ellos, al tiempo que reducía a la categoría de espejismo el carácter nominalmente democrático con que se ha querido revestir o decorar formalmente a los nuevos Estados. Y como los polvos de ayer traen los lodos de hoy, pues pasa lo que lo que tiene que pasar ...

Leía en un interesantísimo análisis de Transitions On Line, hace ya dos años, que “cuando los altos funcionarios de Azerbaiján, Georgia, Kazakhstán, Moldavia, Rusia, Ucrania y Uzbekistán -percibidos como sumamente corruptos por los hombres de negocios- reclaman y reciben sobornos, la necesidad de justificarse es probablemente la última cosa que pasa por sus mentes. El dinero es su razón y el dinero es su justificación”. Así de simple. Así de crudo.

accesorio Por supuesto, no existen diferencias significativas al respecto entre los siete países mencionados y el resto de sus camaradas de la Comunidad de Estados Independientes [CEI, o CIS, en la nomenclatura sajona]. Y lo mismo es aplicable a los más de los nuevos socios de la Unión Europea -por no decir que a todos ellos-, pues resta un largo camino por andar a unas sociedades que, en el cambio a mejor, han resultado estafadas -al menos parcialmente-, y que deben conjugar en paralelo la estructuración de nuevas conciencias nacionales con la introducción de esquemas capitalistas de gestión, mientras son víctimas del juego de intereses de sus propias oligarquías y de otros intereses no menos desestabilizadores, derivados del reposicionamiento de los grandes actores de la geopolítica contemporánea [Rusia, EE.UU, OTAN y Unión Europea, esencialmente].

La corrupción en los países del Este no puede contemplarse con esa visión occidental unilateral, típica y tópica, que hace del fenómeno un pecado de los individuos, cuando, en puridad, forma parte de un entramado muy complejo, que tiende, más allá de la depredación de los grupos oligárquicos, a compensar un sinfín de calamidades y carencias que socavan la existencia cotidiana de los nuevos ciudadanos libres, a los que el apellido víctimas haría ciertamente más justicia.

Algunos estudios académicos sostienen que la corrupción hizo posible lo imposible, compensando las carencias institucionales y legales en los países subdesarrollados. Simplemente, la corrupción pudo facilitar un atajo –si bien desgraciado- en el camino hacia el desarrollo” –señala certera y cabalmente el editorial de Transitions On Line antes mencionado.

Pero el fenómeno tiene orígenes mucho más profundos, que se remontan a un tiempo anterior, especialmente en la etapa soviética, en que las pequeñas corruptelas de toda índole –casi inocente en miles de situaciones cotidianas- servían para paliar las estrecheces del sistema socialista, cuyas paranoias produjeron una capacidad militar extraordinaria, a costa, claro está, de la calidad de vida de los ciudadanos.
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Hedrick Smith, premio Pullitzer de periodismo 1.974, describe magistralmente la situación en su libro "The Russians" [New York Times Book, Co., 1976]: “La corrupción y la ilegal empresa [en Rusia], el capitalismo rastrero, como es definido jocosamente por algunos, nacen de la verdadera naturaleza de la economía soviética y de sus inconvenientes: escasez, artículos de baja calidad y grandes retrasos en el servicio. Constituyen más que un simple mercado negro, tal y como lo conciben los occidentales. Paralelamente a la economía oficial existe allí una completa contraeconomía, que maneja un enorme volumen de negocio, velado o semivelado, y que es indispensable tanto para los individuos como para las instituciones ... Esta economía paralela ha llegado a ser parte integrante del sistema soviético; una constante, un rasgo permanente de esa sociedad ... Funciona a gran escala y con descarada normalidad, que, a buen seguro, habría irritado a los primitivos bolcheviques. Con todo, el hombre de la calle entiende que está consentida como lubricante esencial para suavizar las rigideces de la economía planificada”.
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Se puede decir más alto, y en cualquier otra lengua diferente del Inglés; pero es imposible expresarlo mejor.
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NOTA.- Las imágenes superior e inferior corresponden a los escudos de la extinta URSS y de la Comunidad de Estados Independeientes [CEI] , respectivamente.
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• Esta serie se completa con los siguientes capítulos:
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