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La transición postsoviética: una historia de confusión (III)
29 sept. 2004
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A finales de 2002, bajo el mandato de Vladímir Putin, la situación era ya drásticamente diferente, habiendo retrocedido desde el 51% hasta el 14% el número de personas que continuaban definiendo como catastrófica la situación rusa. Y lo que todavía resulta más interesante para el observador, el 41% de los encuestados se consideraba perteneciente a la [incipiente] clase media.

Quedan todavía pendientes grandes reformas antes de que la subdesarrollada cultura legal de las gentes y la ausencia de mecanismos de control cívico sobre las autoridades dejen de ser una barrera. Entre tanto, las sociedades civiles seguirán mostrando sus carencias a la hora de extraer conclusiones morales y políticas sobre hechos complejos.

Rafael Poch, uno de los escasísimos especialistas españoles en asuntos soviéticos y postsoviéticos, se mostraba así de clarividente al resumir la esencia del problema en un artículo publicado en La Vanguardia: “el final de la URSS y la transición rusa de estos años representan uno de los acontecimientos del cambio de siglo. No estamos ante uno de tantos sucesos históricos que políticos y periodistas anuncian dos o tres veces al mes. Su importancia se aprecia fácilmente si se comprende que Rusia, como dice el personaje de la novela de Merezhkovski, no es un país, sino una parte del mundo, y que el colapso y la deriva de esa parte del mundo evoca la enfermedad y las incertidumbres del resto”.

La guinda a estos trece estos años de transición social y política, que envuelve [y amenudo estrangula] la vida de 250 millones de personas, ha venido a ponerla el terrorismo, cuya consecuencia más visible a corto plazo será el reforzamiento de los poderes de gubernamentales a lo largo y ancho de la CEI, y de manera especial en el caso del Ejecutivo ruso. Es ésta otra de las peculiaridades del área, a diferencia de lo históricamente común en los países de América Latina, más propensos al golpismo como elemento de regeneración.
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Unidad equivale a fortaleza y pluralismo a debilidad ... Tal es la idea que late desde siempre en el mapa de la CEI, más o menos extereorizada según lugares y momentos; pero ha servido de elemento neto de consenso en torno a figuras como Putin, Kuchma [Ucrania], Kocharian [Armenia], Lukashenko [Bielorrusia] o Aliev "primero" [Azerbaiján, este último ya desaparecido hace poco más de un año], herederos de una etapa llena de fragilidades que amenazaban una y otra vez con hacer de sus respectivas naciones un lugar ingobernable.
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Consecuentemente, la tendencia más extendida en el espacio ex soviético, después de la gran crísis rusa del 98 -que convulsionó literalmente a todos y cada uno de sus socios y antiguos hermanos-, viene siendo la recentralización en torno al poder, una vez constatado que la democracia no se adquiere por el simple ejercicio plebiscitario de nombrar Parlamentos y Presidentes cada cierto tiempo, sino que es un hecho cultural y la consecuencia de un largo proceso previo.
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Esta huída hacia adentro –valga la licencia- goza de muy mala prensa entre los analistas, alguno de los cuales no vacila en calificar el fenómeno de aberrante o, simplemente, de atentado a la práxis democrática -que jamás ha existido, por lo demás-, desconsiderando el orden de prioridades no ya de los dirigentes, sino de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Robert Coalson, por ejemplo –tan profundo como poco simpatizante del líder ruso-, habla de la unidad destructiva de Putin, para explicar desde su perspectiva personal el talante que inspira al Presidente de Rusia prácticamente desde su llegada al Kremlin, cuatro años atrás.
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Para Coalson, esta recentralización se vertebra sobre la base de regímenes abiertamente presidencialistas –en realidad, creo que desearía decir autoritarios, pero le puede la sutileza- y Cámaras legislativas convenientemente apaciguadas, que, al actuar como instrumentos del Ejecutivo, trastocan el principio de representación democrática que presuntamente las soporta.
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Coalson y algunos otros observadores aún más radicales parecen albergar una fe exagerada en el efecto terapéutico de implantar sistemas abiertos en el área postcomunista y dar tiempo a que maduren y se consoliden. Yo, modestamente, considerando el todavía breve período de transición conocido en la CEI, y a la vista de las secuelas históricas de la etapa soviética -y de la zarista-, tiendo a sentirme más alineado con las tesis de Putin, cuyas maniobras desde la cima del poder se me antojan reintegracionistas, antes que reaccionarias. Falta al menos otra década de evolución en la gran Rusia para que podamos servirnos del término reaccionario como lo hacemos de ordinario en Occidente al juzgar a determinados prohombres de la escena política.
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Rusia y sus vecinos de la Comunidad de Estados Independientes conforman un espacio predemocrático, y todavía convulso, en el que sus respectivas sociedades han venido debatiéndose entre lo malo y lo peor –según el finísimo diagnóstico de Elena Chinyaeva-, dependiendo de las diferencias etnoculturales y económicas de Estado a Estado, que dibujan en no pequeña medida sus respectivos niveles de libertad individual.
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